jueves, 15 de octubre de 2015

TURRA (Viejos amores de almacén)



Debería haber escuchado aquellas voces
que, como un coro de ángeles caídos,
me susurraban al oído, noche tras noche:
"Esa mina no es para vos, 
buscá por otros lados".
Es que aquello que nos unía era tan fuerte
que ni los consejos de mi madre
y mucho menos un par de vocecitas molestas
podían darle coto...
Desde el principio nuestros ojos y nuestros corazones
habían aprendido a entenderse sin casi mediar palabra;
sólo una mirada era más que suficiente.
Mis visitas eran diarias y de una puntualidad
casi religiosa.
Fue ella y no otra la que, durante mucho tiempo
supo llenar ese vacío abismal que había en mí:
Ella tenía lo que yo necesitaba y yo,
lo que necesitaba ella.
Pero... para qué ahondar en detalles,
si al fin de cuentas supo darle la razón
a ese insoportable entorno que me rodeaba
y envolvía con oscuras y apocalípticas advertencias.
A partir de ese momento, y quizás para siempre,
la debacle fue inminente y veloz.
¿Cómo pude ser tan boludo? 
¿Cómo pude dejarme engañar así?
Mi confianza sufrió las peores vejaciones,
siendo escupida y pisoteada sin piedad.

Y no me cagaste con una, turra hija de puta...
¡Me cagaste con seis! ¡Cagaste de la peor manera
al hombre que supo darte todo!
¡Al infeliz que te dio de comer de su bolsillo 
durante años y años!
¿Con qué derecho te creías vos de hacerme esto, 
laburando en esa pocilga inmunda y olorosa,
que hacía juego con tu entrepierna y tus sobacos?
Sorete. Eso es lo que sos. Un pedazo de sorete.
Y como tal, puedo afirmarte que
si existe un Dios que realmente regula el orden natural 
y los impuestos municipales,
se va a encargar de ajusticiar aquel engaño 
con el peor de los castigos...
Porque no me cagaste con una, sino con seis;
fueron seis cervezas las que me vendiste sin gas, vieja conchuda.



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